domingo, 3 de abril de 2011

F.A.L. (Fuerzas Argentinas de Liberacion)


AM 530 LA VOZ DE LAS MADRES

F.A.L .

(FUERZAS ARGENTINAS DE LIBERACION)

Las FAL, cuyos primeros fundamentos teóricos fueran establecidos durante 1962, comenzaron a operar militarmente en 1968, con pequeñas acciones como asaltos bancarios, tomas de comisarías y secuestros. Se dividiría en tres partes, dos de las cuales se integrarían finalmente al ERP. La estrategia del FAL se caracterizó por privilegiar el uso de un método, la lucha armada, por sobre la definición de un programa político.

ABORDAMOS LA PRESENTAION DEL LIBRO “LA ESPADA SIN CABEZA” DE STELLA GRENAT (historiadora, docente, militante de la organizaron cultural Razón & Revolución)


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Con testimonios también de:

Ariel Hendler, licenciado en Psicología, periodista y escritor, autor de La Guerrilla invisible. Historia de las Fuerzas Argentinas de Liberación (FAL)

Carlos Flaskamp, ex-militante de la Guerrilla del Ejército Libertador (GEL), de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y de Montoneros, autor de Organizaciones político militares. Testimonio de la lucha armada en la Argentina (1968-1976).


Nacido en 1939, Flaskamp inicia su militancia política en 1958. En 1960 luego de romper con el posadismo (una corriente trotskista de la época)entra en contacto con sectores definidos como "Nueva Izquierda" con los que forjan el MIRA (movimiento de Izquierda Revolucionaria Argentina). Su particiapción más focalizada empieza en 1968 cuando participa de varios grupos clandestinos (GEL, FAR y Montoneros). De esa experiencia salén dos libros: "Organizaciones político-militares (Testimonio de la lucha armada en Argentina 1968-1976)", publicado en 2002 y Límites y Desbordes (Lo nacional y lo social en la política argentina) de 2008.

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Una espada sin cabeza.
Las FAL y la construcción del partidorevolucionario en los ´70.

Stella Grenat

Panelistas:

Stella Grenat, autora del libro, historiadora, militante de Razón y Revolución

Ariel Hendler, licenciado en Psicologia, periodista y escritor, autor de La Guerrilla invisible. Histora de las Fuerzas Argenitnas de Liberación (FAL)

Carlos Flaskamp, ex-militante de la Guerrilla del Ejército Libertador (GEL), de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y de Montoneros, autor de Organizaciones politico militares. Testimonio de la lucha armada en la Argentina (1968-1976).

Sobre el libro: La estrategia del FAL se caracterizó por privilegiar el uso de un método, la lucha armada, por sobre la definición de un programa político. Este rasgo contribuyó a la constitución de un frente militar y entorpeció la construcción de una organización partidaria. La llegada al gobierno de Lanusse y la profundización de una estrategia que apuntaba a una salida electoral, instalan la necesidad de clarificar y definir posiciones políticas. Pero FAL, que se había concentrado en forma excluyente en el desarrollo de acciones armadas, carecía de definiciones políticas sólidas para responder a esta nueva coyuntura. En consecuencia, se desarticula.

La magnitud de éste déficit debe medirse en el marco de la crisis orgánica abierta con los acontecimientos de 1969, cuya resolución a favor de los intereses de las amplias masas movilizadas requería un elevado nivel de organización popular. La dificultad demostrada por FAL para disputar la conducción estratégica del proceso a la burguesía expresa parte de los límites subjetivos de la fuerza social revolucionaria. Asimismo, este caso contribuye a explicar por qué, a pesar de la potencia surgida de los hechos insurreccionales del periodo, las organizaciones de izquierda que nacieron o se consolidaron en esa etapa no lograron hegemonizar a la gran mayoría de la clase obrera, que permaneció fiel a una estrategia reformista.

Sobre la autoraStella Grenat es historiadora, egresada de la Universidad de Buenos Aires. Miembro de la Organización Cultural Razón y Revolución, realiza sus investigaciones en el CEICS. Se desempeña como docente en la UBA y en colegios secundarios. Ha escrito numerosos trabajos sobre la lucha de clases y las organizaciones armadas en las décadas del ’60 y ’70. Actualmente se encuentra desarrollando su tesis doctoral sobre el PRT-ERP. Este, su segundo libro, fue defendido originalmente como tesis de licenciatura, que obtuvo la máxima calificación y recomendación de publicación.



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INTRODUCCIÓN /La Guerrilla Inviusible (Ariel Hendler)

El motivo de que este libro haya visto la luz reside, en principio, en la comprobación de una carencia. Es fácil constatar que en la bibliografía ya abundante sobre la historia argentina reciente —la que se refiere al periodo histórico que va de 1955 a 1976—, las Fuerzas Argentinas de Liberación han sido casi ignoradas. Si bien es posible encontrar en unos cuantos libros publicados algunas menciones dispersas de su existencia, por lo general aparecen camufladas en medio de enumeraciones más o menos vagas de siglas de organizaciones armadas: ERP, Montoneros, FAR, FAP, FAL, etc. Suele ocurrir que “FAL” sea la última antes del “etcétera”. Pero la información sobre esta organización escasea hasta casi el grado cero. Tampoco entre los mejor informados, los estudiosos, suele haber conocimiento sobre las FAL; ni siquiera sobre el significado preciso de la sigla (¿Fuerzas Argentinas o Fuerzas Armadas?) y, menos aún, sobre quiénes eran y por qué hechos históricos debieran ser recordados. Contestar estas preguntas fue el punto de partida para una búsqueda que llevó tres años, y es la razón de ser de este libro. Por suerte, cuando comenzó esta investigación ya existía ese instrumento llamado internet. Allí, en la red, encontré un ensayo de la historiadora Stella Grenat, en el que aparecía un solo nombre propio: Juan Carlos Cibelli, y un par de textos más en los que al mismo nombre se lo veía relacionado con algún movimiento social, un número telefónico o una dirección de e-mail. La primera búsqueda tomó varios días o semanas, de un teléfono a otro y de una dirección electrónica a otra hasta que, finalmente, una mañana de febrero de 2007, se concretó la primera conversación con Cibelli, a sus casi setenta años. Su testimonio fue el primer hilo de la madeja de la cual se podía tirar. De allí surgieron nuevos números telefónicos y testimonios que, a su vez, también trajeron otros, hasta sumar una cantidad considerable de entrevistas personales realizadas en Buenos Aires, La Plata, Rosario, Córdoba y Tafí Viejo, y otras hechas por e-mail en otros puntos del país o en el exterior.

Este libro es, por lo tanto y en primer lugar, una recopilación de numerosas historias parciales, complementada con la información que brindan los pocos documentos internos de las FAL que llegaron hasta nuestros días: causas judiciales, informes de inteligencia —que nunca alcanzarán el conocimiento de los propios protagonistas—, noticias en diarios viejos y algunos papeles personales. Por estos medios se pudo llegar a una respuesta más o menos coherente, aunque siempre provisoria, siempre perfectible, de quiénes eran las FAL y en qué episodios históricos estuvieron involucrados. Hechos desconocidos u olvidados, que jamás alcanzaron el honor de ser incluidos en el relato de aquello que suele llamarse, con dudosa precisión, “los años setenta”; relato que suele estructurarse alrededor de las dos o tres organizaciones más importantes y de una cronología de episodios relativamente conocida: Aramburu, Garín, Trelew, Ezeiza, Rucci, Comando de Sanidad, el 1º de Mayo de 1974 y los “imberbes”, el capitán Viola, el comisario Villar, Monte Chingolo; que así suprime buena parte de la complejidad y riqueza de ese periodo histórico, limitando su estudio y su conocimiento a una serie de hitos. Entonces, ¿quiénes eran las FAL y qué hechos protagonizaron? ¿Y por qué el silencio y el olvido en torno a ellos? ¿Cómo se explica su invisibilidad absoluta en lo que se conoce hasta ahora como la historia reciente de la Argentina? Son las preguntas que este libro intenta responder, muy tímidamente. Pero, lejos de toda pretensión teórica o interpretativa, la prioridad de esta investigación es aportar al conocimiento de aquellos años una buena cantidad de capítulos y episodios borrados de la memoria colectiva. Entre ellos, se pueden mencionar, muy someramente, el robo cinematográfico del arsenal del Instituto Geográfico Militar, en 1962; la incursión de un comando guerrillero hasta el corazón de Campo de Mayo, en 1969; o el secuestro del cónsul paraguayo Waldemar Sánchez durante la Semana Santa de 1970, hecho que inspiró una novela universalmente conocida de Graham Greene, El cónsul honorario, que luego se convirtió en una película de Hollywood. Paradójicamente, son obras leídas o vistas por miles o millones de personas que, incluso en la Argentina, jamás escucharon hablar de las FAL.

La trayectoria de la “L” —como también se la solía llamar— atraviesa una década y media de historia argentina, desde principios de los 60 hasta mediados de los 70, y abarca por lo menos tres generaciones de militantes: los que se rebelaron durante el gobierno de Arturo Frondizi contra su universidad “libre” y su plan CONINTES (Plan de Conmoción Interna del Estado), como Cibelli; los que resistieron la dictadura de la Revolución Argentina, y los que nacieron a la vida política hacia 1973. Durante esos años, en las FAL confluyeron diversos grupos políticos de izquierda sin pertenencia orgánica, o desprendidos de partidos más grandes. A todos ellos, sus convicciones revolucionarias y las circunstancias políticas e históricas que vivieron (con sus dictaduras, proscripciones y gobiernos títere) los llevaron a ver en la lucha armada la única vía posible de acción sobre la realidad. Después, cuando tal vez ya era demasiado tarde para volver atrás, persistieron en ella hasta que nuevas circunstancias históricas y políticas los destruyeron y despedazaron, también por la fuerza. Otra de las particularidades del caso es que estos grupos confluyeron apenas en un año —1970— en la organización que se dio en llamar FAL. Antes, eran la expresión de una gran diversidad de idearios políticos y de trayectorias; después, funcionaron como columnas autónomas e independientes entre sí, aunque mantuvieron la sigla madre para confusión de los historiadores y de los servicios de inteligencia. Así surgieron FAL Che, FAL 22 de Agosto, FAL América en Armas, FAL Inti Peredo. A esta dispersión se debe, entre otros motivos, la ausencia de una historia orgánica y única de la organización, como las que suelen existir sobre cualquier núcleo político mucho más pequeño pero sólido, con su medio de prensa partidaria y sus documentos guardados prolijamente en colecciones. Nada de ello se visualiza en el caso de las FAL, sino una profusión de versiones parciales y contradictorias: el gigantesco rompecabezas que aquí se intenta armar.

Es inevitable que en estas historias aparezca la actividad armada como un dato importante, casi fundamental, por el simple motivo de que fue la modalidad particular que adquirió la militancia más comprometida y radicalizada de ese tiempo histórico; no porque el imperativo de la acción haya prevalecido en sus protagonistas, anteponiéndolo al pensamiento político o al activismo en otros ámbitos, como el estudiantil o el gremial. El relato de estos hechos, que pueden llamarse de “violencia” —a veces más actuada que real—, o de “sangre”, establecen una diferencia muy clara entre este tipo de militancia y otras posibles, propias de otras épocas. Si ello es un dato fundamental de los testimonios, se debe a que su elección significó, para los protagonistas, una decisión vital que, multiplicada por miles de casos, fue la que marcó ese periodo histórico. Y debe ser entendida en ese contexto.

Ahora bien: lo que caracteriza la historia de las FAL es, precisamente, que siempre concibieron la lucha armada bajo dos formas excluyentes: por un lado, acciones de propaganda armada, es decir, hechos incruentos que debían servir para dar a conocer sus objetivos políticos; y por otro, operativos de acumulación de armamento y dinero. Por lo tanto, nunca —o casi nunca— llegaron a plantearse un escenario de enfrentamiento armado abierto y frontal tendiente a destruir al enemigo, porque siempre —o casi siempre— entendieron que la guerra revolucionaria no podía ser iniciada por una élite político-militar, tal como postulaban las tesis foquistas; o sin que se sustentara en una insurrección popular generalizada, como proscribían las viejas ideas insurreccionales. Esta dosificación en el empleo de la violencia contribuyó —tal como se intenta mostrar en este libro— a que las FAL se vieran eclipsadas por otras organizaciones armadas cuyo discurso y cuya actividad concreta se acercaban a una noción de guerra sin cuartel contra el régimen, que tal vez interpretaban mucho mejor el espíritu urgente y apasionado de esa época.

Esta es, entonces, la historia que se intenta reconstruir aquí. ¿Por qué es preferible decir que “se intenta” y no que “se consiguió” reconstruirla? Porque, por definición, los relatos orales y las fuentes documentales nunca serán suficientes; de modo que todavía quedan afuera muchas historias y versiones por contarse. Hasta sería posible, quién sabe, escribir otro libro, completamente distinto, con testimonios de los que aún no fueron entrevistados. De ahí, también, que este trabajo no pretenda ser una obra acabada y totalizadora sobre las FAL, sino apenas un intento por incorporarlas a nuestro campo visual.

PARTE II El cónsul paraguayo

Inauguraron prácticamente la técnica del secuestro

con la finalidad de negociar con el Gobierno

Nacional la libertad de extremistas detenidos.

Central Nacional de Inteligencia,

Organizaciones armadas clandestinas,

Documento base, 7 de octubre de 1974.

Primeras bajas

Como para estrenar el flamante año 1970 y redimirse del balance agridulce del operativo en el RI7 de La Plata, la nueva Organización ampliada encaró un operativo ambicioso de recuperación de dinero, en la que participarían militantes del grupo fundador, del Zaratismo y de La Plata. El “Operativo Carola”, como lo bautizaron, consistía en apropiarse de los fondos del tren pagador del Ferrocarril San Martín, que todos los meses partía desde Retiro con un furgón blindado en el que viajaban unos ciento cincuenta millones de pesos para pagar los sueldos del personal. El dato provenía de un militante conocido como el Chino, empleado en la empresa transportadora de caudales Teubal que, debido a su trabajo, solía estar al tanto de grandes movimientos de dinero. El plan consistía en interceptar la formación a la salida de la estación Dr. Cabré, más conocida como Open Door, a unos cien kilómetros de Buenos Aires. El factor sorpresa era clave para reducir a la fuerte custodia del vagón; pensaban abordar la formación haciéndose pasar por personal de la Fuerza Aérea —de modo que no hubiera resistencia inicial— y llevarse el dinero en dos camionetas pintadas con los colores y las insignias del arma. Algo similar, de algún modo, a lo que ya se había hecho en las unidades militares de Campo de Mayo y La Plata, aunque con la dificultad adicional de tener que detener desde afuera un tren en movimiento. Se barajaron distintas alternativas, incluso alguna tan insólita como cruzar una o varias vacas sobre las vías, pero muchos detalles quedaron olvidados porque la operación jamás se realizó.

Se había fijado la fecha para el día en que el tren llevara el pago de los sueldos de marzo, y una vez más le tocaba a Carlos Della Nave, bajo la supervisión de Alejandro Baldú, la tarea de pintar los dos vehículos en un galpón alquilado en las afueras de la ciudad de Luján. Carlitos se pasaba días enteros trabajando a solas en ese local sórdido de ladrillo sin revocar, con un calor agobiante, y a veces se entretenía mezclándose en las conversaciones de los radioaficionados con el potente transmisor-receptor de radio que habían instalado, provisto con una gran antena que llamaba un poco la atención en ese entorno de casas bajas y calles de tierra. Pero era necesario tenerlo allí para chequear por radio el paso del tren desde distintas postas antes de que el operativo se pusiera en marcha. La primera posta estaba en un hotel en la calle Godoy Cruz de Palermo, cerca de la estación Pacífico; una segunda en Villa del Parque, frente al paso a nivel de la Avenida Nazca, y por último el galpón en Luján. Caíto, flamante responsable militar de La Plata, se ocupaba de preparar el punto de observación en Villa del Parque, y su tarea estaba casi terminada cuando faltaba algo menos de dos semanas para el día de la acción. Un día, que debió de ser entre el 16 y el 18 de marzo, Baldú lo llevó en su Fiat 600 hasta ese lugar para después seguir viaje hasta el galpón de Luján. En el asiento del acompañante iba Della Nave: era la primera vez que Caíto veía a ambos y ni siquiera sabía sus nombres. Notó que Baldú le daba indicaciones en un tono muy severo a Carlitos —que se veía muy nervioso— y que lo aleccionaba sobre cuestiones como la conducta del militante y la moral revolucionaria. Según el relato de Caíto, quedaron en que iban a pasar a buscarlo ese mismo día más tarde, a las nueve o diez de la noche, para volver juntos hacia el sur. Pero jamás llegaron. Caíto los esperó toda la noche hasta que se durmió, y recién a la mañana siguiente se volvió por su cuenta a La Plata. Allí se puso en contacto con la Organización y supo que nadie sabía de ellos: hacía muchas horas que no había señales de Baldú y Della Nave. “Inmediatamente, sospechamos que los podían haber detenido”, cuenta Caíto, razón por la que contactaron a distintos abogados para que iniciaran una búsqueda por las comisarías, y avisaron a los padres de ambos para que también comenzaran las averiguaciones del caso. Sin embargo, ni las gestiones ni los habeas corpus presentados dieron resultado alguno.

La versión policial, tal como puede leerse en la causa penal iniciada unos días más tarde, dice que Della Nave fue detenido recién el 21 de marzo a las 5.30 de la madrugada por policías de Robos y Hurtos, que buscaban a una banda de asaltantes, para lo cual se apostaron en las inmediaciones del galpón, adonde habían llegado alertados por los propios vecinos que recelaban de los movimientos sospechosos en ese lugar. Sin embargo, en todas las indagatorias Carlitos declaró que había sido cinco días antes, el 16 y no el 21, y no en la madrugada sino a las cuatro de la tarde, lo cual concuerda con el relato de Caíto, el último que los vio antes de su detención. Respecto de la fecha, sus compañeros —que llevaban un rígido seguimiento de las citas de control— siempre sostuvieron que fue el miércoles 18 de marzo cuando perdieron el contacto con Baldú y Della Nave. Lo cierto es que los policías encontraron en el galpón una camioneta Dodge 200 y una Gladiator, ambas pintadas con el color azul de la Fuerza Aérea, y una placa de acero para imprimir insignias de ese arma en las puertas, patentes de auto robadas, uniformes similares a los de la Aeronáutica, una heladera repleta de medicamentos, instrumentos de cirugía y gasas. Ésta era la lista de elementos hallados51 que firmó el jefe de la División Asuntos Políticos de Coordinación Federal, comisario inspector Luis Colombi, que quedó a cargo apenas se encontraron evidencias de actividades revolucionarias o insurgentes.

Día más tarde, en su declaración a los peritos médicos que lo examinaron, así como en los testimonios que brindó un año después a algunas revistas, Carlitos contó que, apenas lo apresaron, los agentes comenzaron a torturarlo en el galpón con descargas eléctricas (“en el escroto”, según dictaminaron los forenses), utilizando el acumulador de doce voltios que extrajeron de una de las camionetas. Luego lo trasladaron, tirado boca abajo en el piso de un auto, a otro lugar, donde le vendaron los ojos, lo acostaron en una camilla, lo ataron a ella por las manos y los tobillos y lo picanearon durante una hora, mientras alguien le repetía que mejor hablara, “porque al final todos hablan”, hasta que lo llevaron a un calabozo en el mismo lugar, donde empezó a sentir el brazo izquierdo paralizado debido a las convulsiones. Le dijo esto último a sus torturadores cuando fueron a buscarlo para la segunda tanda y, milagro de milagros, le volvieron a dar picana pero esta vez con menor potencia.

De allí se trasladaron a un nuevo sitio, donde volvieron a picanearlo durante una larga sesión con un aparato que, según el relato de Della Nave, era mucho más potente que los anteriores y “producía un ruido semejante a una sierra de carpintería”, alternado con golpes de puño. Después de varios traslados y suplicios similares, lo llevaron a otro lugar alejado, una especie de baldío con un promontorio y un rancho de madera, donde volvieron a picanearlo, pero estaqueado y al aire libre, siempre con los ojos vendados. “Esta vez lo hicieron de un modo más científico, porque yo sentía que cada tanto un individuo me aplicaba un estetoscopio en la tetilla izquierda y ordenaba parar o seguir”, contó. Durante otra sesión, se desvaneció y despertó con una máscara de oxígeno en la cara. También relató que una vez tuvo la mala idea de pedir un vaso de agua y le dieron una mezcla de mate cocido con pis; que otra vez lo colgaron por las muñecas de un tirante, y que también lo ataron a un árbol para un simulacro de fusilamiento. Finalmente, lo dejaron tirado en la vereda junto a la entrada de la delegación San Martín de la Policía Federal. Es casi seguro que esto último debió de ocurrir el sábado 21 de marzo, porque fue la fecha en que esa repartición blanqueó su arresto y lo informó al Juzgado Federal en lo Penal y Correccional Nº 3 de San Martín, el mismo donde ya estaba procesado Cibelli. También es probable que este blanqueo haya sido en respuesta al pedido de habeas corpus que presentó su padre, Raúl Della Nave. Lo indudable es que las actuaciones judiciales contra Carlos Della Nave, a quien le faltaba un mes para cumplir los 21 años y alcanzar la mayoría de edad, se iniciaron después de tenerlo detenido tres días —por lo menos— en forma clandestina y de interrogarlo con los métodos descritos, con el fin de arrancarle lo que en la jerga judicial de esos años se llamaba sus “declaraciones espontáneas”. Ese mismo 21 de marzo, o pocos días después, fue trasladado desde San Martín a un calabozo en el Departamento Central de Policía, donde funcionaba Coordinación Federal, y allí quedó incomunicado a disposición del juez Jorge Luque. De modo que, ya desde el primer momento, su situación generaba un embrollo judicial en el que se mezclaban la competencia del Juzgado Federal de San Martín, al que le correspondía la causa geográficamente, y “Coordina”, por tratarse de un hecho que incumbía a su División Asuntos Políticos.

Allí, en el Departamento de Policía, pudieron verlo el influyente médico y dirigente peronista Raúl Matera y el abogado Roberto Cabiche, vinculado con la Liga Argentina por los Derechos del Hombre (LADH). Los dos exigieron que les permitieran ver a Carlitos y corroborar su estado de salud: consiguieron sólo lo primero, tras muchas vueltas burocráticas, gracias a la insistencia y la buena argumentación política del neurocirujano. “Lo trajeron agarrado del brazo, pero más para ayudarlo a caminar que otra cosa, porque se veía que le costaba dar cada paso, y también se notaba que lo habían amenazado para que no dijera ni una palabra de más. Estaba recién lavado y afeitado y tenía los ojos muy rojos. Lo sentaron en una silla y, como andaba sin medias, vi que tenía los tobillos hinchados, llagados y con marcas de ligaduras, igual que las muñecas”, cuenta Cabiche, quien pudo hacerle una sola pregunta:

—¿Estás bien?

—Sí, señor, ahora estoy bien —contestó Carlitos, que, en lugar de dirigirse a su interlocutor, miraba a un subcomisario que vigilaba la conversación.

Pero, a pesar del control estricto, había conseguido filtrar una ínfima denuncia sobre el trato que había recibido, al dar a entender que recién “ahora” estaba bien: ¿Se refería a que los tormentos habían cesado desde que su detención había sido legalizada? ¿O apenas durante ese intervalo breve en el que estaba hablando con ellos? A Matera no se le permitió examinarlo. Cabiche, en cambio, llegó a entrevistarse con el juez Luque, a quien intentó convencer —tal vez porque también él lo creía— de que Della Nave provenía de una familia peronista y que no tenía vínculo con la izquierda revolucionaria. Pero su gestión no tuvo consecuencias. A todo esto, de Baldú, ni noticias. Era evidente que ya había muerto, y se habían borrado prolijamente todas las huellas —si es que las hubo— de su paso por cualquier dependencia policial. Todo hace suponer que fue detenido en el mismo galpón después que Carlitos, cuando éste ya había sido llevado muy lejos de allí, y que no llegó a oponer resistencia porque la encerrona en el galpón había sido perfecta. Del relato de Caíto se deduce que, probablemente, fue a hacer otras diligencias con el auto antes de reunirse con Della Nave, y que cuando llegó lo estaban esperando. Es indudable, también, que apenas lo identificaron quedó al descubierto su conexión con el robo de armas en Campo de Mayo, un año antes. Ahí estaba, por fin, el hombre que había desvelado y puesto en ridículo a muchos investigadores policiales. Al parecer, en su caso el suplicio fue breve, ya fuera porque las torturas habían sido feroces o porque su corazón no las pudo resistir. “Debe haber sufrido muchísimo, pobrecito, porque últimamente se quejaba de unos dolores terribles de cadera”, comenta Malter Terrada. Después, muy probablemente su cuerpo fue llevado a los altos hornos de San Nicolás para hacerlo desaparecer y borrar toda evidencia de su detención: eso es lo poco que sus compañeros pudieron averiguar a través de algunas fuentes informales, como las conversaciones que mantenían los abogados con funcionarios policiales de su confianza.

También es sumamente revelador un pasaje del testimonio ya citado de Della Nave a la revista América Latina, en el que cuenta que en cierto momento le mostraron un registro de conductor de Baldú, falso, pero con su foto. Es el único indicio existente hasta hoy, y por cierto bastante débil, de que también el Loco Baldú fue detenido en el galpón de la calle San Vicente 116, Luján, provincia de Buenos Aires, casi con seguridad la tarde del 18 de marzo de 1970.

Lo concreto es que hasta el presente ninguna fuerza u organismo del Estado reconoció jamás haberlo detenido, de modo que se puede considerar a Alejandro Rodolfo Baldú como el primer detenido-desaparecido de la “guerrilla” o de la lucha armada, con el único y lejano antecedente del militante de la juventud peronista Felipe Vallese, desaparecido en 1962. Pero todavía se trataba, por decirlo así, de “accidentes” de la represión, y no de una metodología planificada de exterminio; de hechos que incluso les causaban molestias a los represores, porque debían borrar todas las huellas del crimen sin contar con la logística eficiente que se implementaría seis años más tarde. También hay que decir que Baldú y Della Nave no “cantaron” nada que los torturadores ya no supieran. Carlitos habría confesado que “integra organización para derrocar gobierno (sic)”, y confirmó todo sobre el operativo en Campo de Mayo, pero no delató la existencia del local donde los esperaba Caíto —algo que éste todavía agradece emocionado—, o sobre los “afluentes” y los nuevos compañeros de la organización. No cantaron tampoco direcciones, ya que no consta en la causa que haya habido allanamientos como consecuencia de sus detenciones.

El martes 24 de marzo, casi una semana después, empezó a develarse una parte muy pequeña del misterio cuando se informó públicamente del hallazgo en Luján. La Policía convocó a los medios de prensa, como si el procedimiento se hubiera realizado ese mismo día, y, para otorgarle mayor verosimilitud, se simuló un espectacular operativo conjunto entre la División de Informaciones Policiales Antidemocráticas (DIPA), la División Asuntos Políticos, y Robos y Hurtos, presenciado por todos los vecinos del barrio, en el que no hubo detenciones ni resistencia alguna desde adentro del galpón. Después se organizó una conferencia en la que los tres jefes policiales confirmaron que no habían realizado detenciones in situ, pero aseguraron que el local pertenecía a “un grupo subversivo”. Ahora, además de lo ya mencionado, el inventario policial incluía como novedad la presencia de veinticinco granadas y doce bombas caseras armadas en latas de conservas55 que no figuraban en el informe refrendado tres días antes. Casi a la misma hora, pero en la Capital, el jefe de prensa del Ministerio del Interior leyó a los periodistas acreditados en la Casa Rosada un comunicado —que reprodujeron todos los diarios al día siguiente— cuya misma redacción generaba más dudas que certezas: “Se tienen noticias, las que esperan completarse al cierre del día, que a raíz de la investigación que se viene realizando desde el asalto a Campo de Mayo, se ha detenido a un ciudadano que nos permiten (sic) suponer estar frente a una organización terrorista”. Agregaba que el operativo de esa mañana tenía el propósito de capturar a más integrantes de dicha organización, de la cual algunos medios llegaron a informar que su nombre era M-5. Horas más tarde, en la sede de Coordinación Federal, se les dijo a los cronistas que el detenido en cuestión se llamaba Carlos Della Nave, y se dio a conocer una lista de miembros de la organización: Baldú, Bjellis, Malter Terrada, D’Arruda, Henríquez, Caravelos y Peralta. Con las fotos de todos ellos se confeccionó un afiche callejero recomendando su captura por conspiración para la rebelión, asociación ilícita, robo y tenencia de explosivos, que apareció pegado en las calles de todo el país tres días más tarde.

Los compañeros de Baldú y Della Nave, entre tanto, buscaron alguna forma de frenar el suplicio de los dos detenidos y de forzar que se legalizara su situación, ya que hasta entonces la vía legal no había dado resultado. “Empezamos a pensar en secuestrar a alguien como para poder plantear la aparición de los dos”, cuenta Malter Terrada. En ese sentido, el mini manual de Marighella era clarísimo: “El secuestro es usado para cambiar o liberar camaradas revolucionarios encarcelados, o para forzar la suspensión de la tortura en las cárceles de una dictadura militar”. Primero lo intentaron con el embajador de Alemania Federal en la Argentina. Empezaron a relevar su casa, en Olivos, con una pick-up con la caja cerrada, desde donde se vigilaban sus movimientos a través de unos orificios. Se necesitaban por lo menos tres días para poder descubrir una rutina, y cada minuto valía oro. Cuando los dos que estaban adentro de la caja advirtieron que los custodios sospechaban y anotaban el número de la patente, avisaron por walkie talkie al chofer para que volviera a llevársela: estaban en cero. Alguien sugirió entonces probar con el cónsul inglés de La Plata, al que también se empezó a vigilar.

Pero el tiempo corría. Según la versión de Pichón, fue entonces que Hugo Victoriano Hernández, “Chiche”, un cuadro destacado del zaratismo oriundo de Bragado, sugirió otro objetivo posible: un cónsul paraguayo que se disponía a viajar a la Capital con el fin de vender allí su Mercedes Benz. En realidad, el auto pertenecía al cuerpo diplomático de ese país, pero era habitual que se les permitiera venderlo a título personal como una especie de “plus”. Al parecer, Chiche ya había pensado utilizar esa información y por eso había averiguado todos los datos. Efectivamente, se había publicado un aviso clasificado sumamente discreto, como para “guardar las formas”, que confirmaba la información de Chiche: el vehículo en cuestión era un Mercedes Benz 280 CS, modelo 1968, patente CC 2074, color gris oscuro. El diplomático que lo vendía, según se enteraron después, se llamaba Waldemar Sánchez, tenía 56 años y había combatido contra los bolivianos en la Guerra del Chaco (1932-1935). En ese momento era cónsul en Ituzaingó, una pequeña ciudad ubicada sobre el río Paraná en el norte de la provincia de Corrientes, frente al Paraguay y la isla Apipé, y había venido a Buenos Aires a vender el auto. Se alojaba en el hotel León, en Callao 758, con su esposa Eloísa y su pequeña hija adoptiva Norma, de cuatro años.

El secuestro: En realidad, Sánchez era una víctima de muy baja categoría, sobre todo si se la comparaba con otros secuestrados por organizaciones armadas de izquierda poco tiempo antes, como el embajador de Estados Unidos en Brasil, Charles Elbrik; el poderoso empresario ítalouruguayo Gaetano Pellegrini Giampietro, o el obispo de Guatemala, Mario Casariego. Pero, por otro lado, su bajo rango lo volvía más accesible. Además, suponían que la visita anunciada del sempiterno dictador paraguayo, Alfredo Stroessner, para tratar algunas cuestiones de comercio bilateral con su par Onganía y luego irse a pasar el fin de semana largo de Semana Santa en los lagos del sur, iba a servir para levantarle el perfil al secuestro. “Ese trabajo lo hizo la columna de Tato; nosotros jamás hubiéramos podido hacerlo porque no teníamos esa capacidad de responder tan rápido”, admite Malter.

En la mañana del martes 24 de marzo de 1970, el cónsul Waldemar Sánchez recibió un llamado telefónico de un ficticio ingeniero Patrick, quien le preguntó por el auto del aviso y, al enterarse de que aún no estaba vendido, le anticipó que a las dos de la tarde iba a pasar su hijo a verlo. A esa hora fueron Sergio Schneider y Pichón, los dos muy bien trajeados, y le pidieron al cónsul que les mostrara el auto y los acompañara a dar una vuelta para probarlo. Como era casi obvio, éste les dijo que para eso estaba el chofer, pero ellos insistieron en preguntarle algunos detalles técnicos y lograron convencerlo. Los cuatro se subieron al vehículo: Pichón al volante, con el cónsul como acompañante, y Tito atrás junto al chofer. Enfilaron hacia los bosques de Palermo, donde los supuestos compradores, haciendo exhibición de armas, les dijeron que se trataba de un secuestro y los hicieron acostarse amordazados en el piso. De ahí llevaron el auto a un baldío en el barrio de Saavedra, donde liberaron al chofer y dejaron abandonado el auto, que la Policía encontró a la mañana siguiente. Subieron al cónsul a otro coche, tabicado, y lo llevaron a una casa en Carapachay, alquilada poco antes por Malter Terrada para vivir con Yiya, su esposa, y allí dejaron al cónsul amordazado y atado de pies y manos, en una carpa de campamento, armada dentro de una habitación. Entonces le explicaron el motivo del secuestro, le aseguraron que el problema no era con él y, según asegura Pichón, lo trataron “con toda la delicadeza del mundo, e incluso se lo gratificó con las comidas” durante su cautiverio. Mientras tanto, en un departamento en Palermo, se amontonaban Tato, Bjellis y otros, pendientes de las noticias y listos para escribir los comunicados. La idea original era pedir que los legalizaran; pero como ya se había reconocido la detención de Della Nave —aunque no la de Baldú—, el eje pasó a ser que se mostrara públicamente a los dos para corroborar su estado de salud. Otro dilema, nada menor, era cómo firmar los mensajes que iban a convertirse de hecho en la presentación en público de la organización, ya que todavía no tenían del todo definido un nombre que la identificara. Si bien la sigla FAL ya estaba aprobada, todavía no existía un consenso claro sobre su significado. Sin embargo, en ese momento, en el que aún no existía ninguna organización armada en actividad que firmara sus operativos con nombre propio, prevaleció la idea del Frente Argentino de Liberación, que expresaba la voluntad de convocar a todas las fuerzas revolucionarias.

Pasadas las ocho de la noche, la agencia de noticias Saporiti recibió un llamado indicando que había un sobre de color celeste en el baño de mujeres del bar El Ibérico, en Córdoba 1395, y más tarde avisaron al diario Clarín que había otro sobre en la caja de un camión perteneciente a la editorial. Al diario La Prensa, en cambio, le informaron el secuestro mediante una muy breve llamada telefónica a las 20.45, mientras que el resto de los periódicos, como La Nación, no fueron avisados y se enteraron a través de fuentes indirectas. El documento estaba firmado por el Frente Argentino de Liberación-Grupo Operativo Táctico Emilio Jáuregui, con fecha 24 de marzo de 1970, y fue el primer mensaje a la opinión pública de una organización guerrillera en la Argentina en la década del 70.

Decía así: “El Comando Nacional del Frente Argentino de Liberación denuncia: 1) que hace seis días, dos de sus militantes antiimperialistas fueron detenidos por las fuerzas represivas del régimen de Onganía y sometidos desde entonces a las más bárbaras torturas, que han puesto en riesgo sus vidas. Estos compañeros son Carlos Della Nave y Alejandro Rodolfo Baldú, el último de los cuales es negado con la evidente intención de ser impunemente asesinado. 2) Ante el fracaso de las acciones legales emprendidas para liberarlos de la tortura y preservar sus vidas, el comando nacional del FAL comunica que a las 14.30 de la fecha, el Grupo Operativo Táctico de sus fuerzas patrióticas de liberación ha tomado como rehén al cónsul paraguayo Waldemar Sánchez, reconocido agente de la CIA y representante de la sangrienta dictadura de Stroessner, fiel sirviente del imperialismo yanqui, que desde tantos años explota y humilla a nuestro pueblo hermano. 3) El Comando Nacional del FAL exige: a) La aparición de nuestros compañeros antes de las 22 del día de la fecha, ante los periodistas de prensa y televisión, quienes deberán certificar su estado físico y darlo a conocer públicamente. b) La publicación textual del siguiente comunicado. 4) Asimismo, el FAL informa a los gendarmes de la dictadura que la seguridad de nuestro rehén depende exclusivamente de la paralización inmediata de todo intento de búsqueda y rescate y que el destino futuro de cualquier negociación de su libertad está determinado por el estricto cumplimiento del punto anterior. 5) El FAL aclara a su pueblo que ejerce la violencia revolucionaria contra la violencia de las fuerzas represivas, y que una medida de esta naturaleza es la única respuesta posible ante esta reiteración de brutalidad por parte de la dictadura. Este comando nacional aclara también que esta medida no está dirigida a lesionar la dignidad del estoico pueblo paraguayo, al que consideramos víctima de la misma opresión que la que soporta el pueblo argentino, como lo demostrará el próximo abrazo entre sus dos verdugos: Stroessner y Onganía.” Queda claro que no se planteaba ningún tipo de “canje” del cónsul por Baldú y Della Nave, como informaron erróneamente muchos medios en los días posteriores, sino apenas que se los exhibiera públicamente para certificar su estado físico y, en el caso del primero, también el reconocimiento de su detención. Casi a medianoche, el embajador del Paraguay, Manuel Ávila, confirmó el secuestro, y la esposa del cónsul reveló que había denunciado la desaparición de su marido en la Comisaría 5º sin darlo a publicidad. El chofer Vera, en tanto, ayudó a componer un logrado identikit de Pichón que fue publicado al día siguiente en una edición especial del diario Crónica. Ya en la madrugada del miércoles 25, el jefe de Coordinación Federal anunció a los periodistas acreditados en el Departamento de Policía que la decisión de acceder o no a la petición del FAL no les correspondía a ellos sino al gobierno nacional; de modo que a partir de entonces toda la información oficial pasó a ser manejada directamente por la oficina de prensa del Ministerio del Interior.

La mañana del miércoles 25 de marzo una comisión policial fue a la casa de Della Nave, en la calle Miguel Cané 322 departamento 1º, Lanús Oeste. Quedó asentada en actas la siguiente descripción del hogar: “La finca consta de un dormitorio, un living comedor, cocina, baño, patio interno cubierto, un altillo pequeño y terraza. La habitación determinada como living-comedor es ocupada normalmente como dormitorio de Carlos Domingo, en el cual se hallan sus pertenencias, constando (sic) en un extremo del mismo un pequeño placard donde guarda sus efectos personales el nombrado”. Pero no se encontró ningún elemento de interés para la causa. Ese mismo día, Crónica recibió la noticia de que había un nuevo sobre escondido en el confesionario de la Iglesia de San Nicolás de Bari, en Santa Fe y Talcahuano, y adentro, dos cartas muy breves pero desesperadas escritas de puño y letra por el cónsul Sánchez, que el diario reprodujo en forma facsimilar en su edición vespertina. En la primera, dirigida a Stroessner, le rogaba “poner todo su prestigio e influencia ante el Gobierno Argentino para conseguir mi liberación […] mediante la aceptación de la exigencia del FAL”. La segunda, destinada a su esposa, le pedía también a ella usar “su influencia (?) ante los gobiernos paraguayo y argentino para que accedieran a las exigencias del FAL”, y aún más: que los persuadiera de que las fuerzas de seguridad no salieran en su búsqueda, como pedía el cuarto punto del comunicado. En realidad, nadie estaba desesperado por rescatarlo ni mucho menos. Durante toda esa jornada las redacciones fueron atosigadas por cantidades ingentes de información y comunicados falsos. En su búnker de Palermo, Bjellis, Aguirre y los demás escuchaban pasmados estos mensajes equívocos y no llegaban a imaginar de dónde surgían. En rigor, su origen era de lo más variado. Algunos provenían de grupos que especulaban con obtener alguna ventaja sumando nuevas exigencias al supuesto canje por el cónsul, como uno que reclamaba la liberación en Paraguay del médico Agustín Goiburú, un opositor político recientemente encarcelado. Otros parecían provenir de los mismos servicios de inteligencia, y su fin evidente era entorpecer las negociaciones, como una llamada telefónica al párroco Victorino Bisi, de la Iglesia de Nuestra Señora de las Victorias, en Barrio Norte, a quien se le pidió que informara de una supuesta nueva exigencia de los secuestradores: que Baldú y Della Nave fueran sacados del país y llevados a México. Por desgracia, el sacerdote aprovechó la ocasión para tener su cuarto de hora de fama y difundió el diálogo en forma exagerada, con lo cual la versión tuvo un eco mayor del que merecía, e incluso, como se verá, influyó en el desarrollo posterior de los sucesos, lo que, seguramente, estaría en la intención de quienes lo llamaron.

Ese miércoles 25 también llegó Stroessner a la Argentina, y almorzó con Onganía en la residencia presidencial de Olivos junto con un enjambre de funcionarios y diplomáticos. Después, los dos generales se reunieron a conversar a solas. El único miembro de la comitiva guaraní que aceptó referirse al asunto —y sólo porque los periodistas se lo preguntaron insistentemente— fue el canciller Raúl Sapena Pastor, quien se limitó a decir que su gobierno “dejaba el problema en manos argentinas”, y que no había iniciado gestión alguna. En realidad, la suerte de Waldemar Sánchez no parecía ser un tema que les quitara el sueño a los gobiernos de ninguno de los dos países, y justamente en eso radicaba el gran error de cálculo de los secuestradores. Horas más tarde, el canciller argentino Juan Bautista Martín, tras despedir en Aeroparque a la comitiva visitante, que se marchaba a cumplir su plan vacacional, declaró que el gobierno paraguayo “no iba a interferir” en la decisión que tomara el argentino, lo cual significaba que no iba a interceder por su cónsul. El dictador paraguayo se instaló en la residencia El Messidor, en Villa La Angostura, sin haber pronunciado una sola palabra en público sobre el tema.

Ese segundo y agitado día del secuestro tuvo dos condimentos adicionales. Por la mañana, la Policía Federal intentó difundir la supuesta noticia de que vecinos del galpón de Luján habían escuchado disparos unos días antes, y que se había encontrado un reguero de sangre y unas palas: así se buscaba instalar la idea truculenta de que Baldú podía haber sido muerto y enterrado por sus propios compañeros. Pero el ardid fracasó por el simple hecho de que, salvo La Nación, ningún otro diario lo tomó en serio ni le dedicó mayor espacio: ni siquiera los más sensacionalistas. Después, a media tarde, y en represalia por el secuestro del cónsul —así se le hizo saber a la prensa—, un autodenominado Comando de Represión hizo explotar una bomba en el palier de un departamento céntrico donde supuestamente vivía Jacobo “Yaco” Tieffenberg, presidente de la FUA y militante del PCR. Las únicas víctimas del atentado fueron dos mucamas, de las cuales una falleció y otra quedó gravemente herida; pero lo cierto es que Tieffenberg, además de no tener ni el más mínimo vínculo con FAL, ya no vivía allí desde hacía varios años, ni tampoco sus padres. En repudio, la FUA convocó a una marcha para el miércoles siguiente, en la que se iba a pedir también por la libertad de varios presos políticos como Federico Méndez y Héctor Jouvé, del EGP, y el presidente del Centro de Estudiantes de Filosofía y Letras, Hugo Goldsman.

Desenlace amargo: El secuestro ya era la noticia principal de los diarios argentinos, que en muchos casos sacaban ediciones extra para actualizar la información. Todos estaban pendientes del plazo previsto en el primer comunicado, que corría sin que hubiera ninguna respuesta oficial. Inmovilizado adentro de la carpa, el cónsul ofrecía a sus captores, a cambio de su vida, los contactos con una red de tráfico de armas desde Paraguay, que efectivamente les entregó y fue bien aprovechado durante los dos años siguientes. A Pichón, que lo vigiló durante larguísimas horas, le asombraba su costumbre de arrojar el papel higiénico a un cesto y no al inodoro cada vez que lo llevaban tabicado al baño. Era una costumbre que por entonces sólo podía entenderse en poblaciones con cloacas deficientes o inexistentes: la América Latina profunda, que en verdad ellos conocían bastante poco. Al atardecer, Onganía, su gabinete de ministros y varios funcionarios judiciales y policiales se reunieron para debatir el tema en Olivos. La resolución fue dada a conocer a las nueve de la noche desde la Casa Rosada, a través de un comunicado del Ministerio del Interior en el que se aseguraba que el gobierno no tenía “ninguna posibilidad de acceder a las exigencias del FAL”, porque Baldú estaba prófugo de la justicia y Della Nave se encontraba “procesado por delitos comunes ante el Juzgado Federal de San Martín”. Agregaba que “mal podría este gobierno, que se ha caracterizado por su permanente respeto a la justicia, disponer la libertad de Della Nave sin quebrantar esa norma”. Poco más tarde, el vocero de Interior fue mucho más explícito: “Si hay decisión oficial de cualquier tipo, no se producirá esta noche”. De esta forma, se ignoraba olímpicamente al plazo otorgado por los secuestradores, sellando sin mayor culpa la suerte del rehén. Para los militares argentinos, el cálculo parecía sencillo: condenar a un oscuro diplomático que les importaba muy poco y demonizar a sus captores (y junto con ellos a la “subversión” en general). Todo por el mismo precio: gratis, porque el gasto lo habían hecho los otros. Además, ahora la pelota quedaba en el campo de los secuestradores del cónsul, que debían demostrar si estaban en condiciones de cumplir con su amenaza.

Pero en la madrugada del jueves del 26 de marzo, dos días después del secuestro, el juez Luque, titular del juzgado que llevaba adelante la causa por el allanamiento al galpón de Luján —aunque en la guerra de comunicados y declaraciones nadie parecía recordarlo—, se adelantó a todos con un golpe de efecto que lo convirtió en el protagonista de este drama que se desenvolvía ante la opinión pública. A las dos y media de la mañana de ese Jueves Santo, que en rigor era la larga trasnoche del miércoles, constituyó su juzgado en las oficinas de Coordinación Federal para tomarle allí mismo declaración a Carlos Della Nave. Puede aceptarse que lo hizo porque en los hechos le resultaba imposible llevar al detenido a otro sitio; pero resulta increíble que, como consta en la causa judicial, haya sido el mismo Carlitos quien pidió declarar con “carácter urgente”, supuestamente porque advirtió que se estaba por cumplir la hora del ultimátum, y que eso fue lo que llevó al Juez a actuar de esa forma casi improvisada. Al finalizar el trámite, Luque convocó a una breve conferencia de prensa en la cual les leyó a los cronistas un acta con la siguiente declaración: “El joven Carlos Domingo Della Nave manifiesta que, respetuoso de las leyes del país, como asimismo de la justicia, desea seguir a disposición de ella y enfrentar las eventualidades del proceso, no deseando de ninguna manera ser sacado del territorio argentino, ni ser el responsable de lo que pueda ocasionársele al diplomático paraguayo secuestrado en su condición de rehén para obtener su libertad”.

Gracias a este truco sacado de la galera, el juez Luque afirmaba, por un lado, su derecho de propiedad sobre el reo, ya que éste declaraba que prefería seguir procesado por su Juez natural antes que ser objeto de una negociación extrajudicial; y por otro, cancelaba la posibilidad de un acuerdo entre los secuestradores y el gobierno, ya que Della Nave elegía seguir procesado antes que convertirse en prenda de cambio. Para ello, el Juez había apelado al recurso (¿involuntario o premeditado?) de darle un valor decisivo al mensaje espurio que reclamaba la salida de Baldú y Della Nave hacia México, lo cual le permitió también al ministro del Interior, general Francisco Imaz, hacer la siguiente declaración: “No puede efectuarse el canje porque uno de los individuos cuya libertad piden los raptores no está detenido y el otro no acepta salir del país”. En definitiva, con este ardid se pretendía obtener el saldo de: a) un rehén muerto, b) un preso que elogiaba a la Justicia, c) un guerrillero prófugo. La ecuación cerraba y perfecto. Es probable, además, que nunca se sepa si se trató de una maniobra muy bien orquestada por todas las partes para obtener este resultado, o si fue promovida exclusivamente por el Juez, al verse menoscabado en su autoridad. El acta que exhibió Luque estaba firmada también por el padre de Della Nave, quien ratificaba su contenido a través de un escrito adicional cuya redacción resultaba más bien confusa: “En razón de la minoridad de su hijo, es su expresa voluntad (del padre) que el mismo no sea extraído del país ya que se encuentra plenamente garantizado por la actuación del tribunal”. Cuando los periodistas presentes insistieron en preguntarle directamente a Carlitos si estaba de acuerdo con esa decisión y con los términos en que había sido expresada, el Juez les respondió que eso era imposible porque estaba incomunicado; pero permitió que Raúl Della Nave hablara brevemente con la prensa. En ese escueto diálogo quedó clara la escasa credibilidad de la puesta en escena:

—¿Cómo está su hijo? —fue la primera pregunta.

—¿En qué sentido? —respondió cándidamente el padre.

—Usted denunció que lo habían torturado —insistieron.

—Bueno, tiene una luxación en el hombro —dijo titubeando.

—¿Comprobó los malos tratos? —volvieron a preguntar.

—Habrá que determinar bien las cosas —contestó.

Ante el cariz que tomaba el diálogo, se decidió darlo por terminado. Pero más tarde, poco antes de las cuatro y media de la mañana, se les brindó a los pocos periodistas que quedaban de guardia, incluidos algunos camarógrafos de televisión, la posibilidad de ver y filmar a Carlitos caminando de una oficina a otra del Departamento de Policía, vestido con un jean, alpargatas y una camisa blanca. La escena, fugaz y casi fantasmal, fue repetida decenas de veces en los distintos noticieros y, por cierto, las sensaciones fueron muy variadas. “Según la impresión tan rápidamente obtenida, Della Nave es un muchacho de agradable figura, tez muy blanca y cabellos rubios. Aparentemente se hallaba en uso de sus facultades físicas y mentales. Se percibía que mantenía inmóvil el brazo derecho y que presentaba un trazo rojo que iba desde la parte superior del tobillo derecho hasta el pie”, describió Crónica. En tanto, El Día, de La Plata, agregaba que “su rostro aparecía demacrado, con evidentes signos de cansancio y tensión nerviosa”. Entre quienes lo vieron por televisión, Malter Terrada lo notó “completamente drogado, con ojeras y cara de zombi”, mientras que Pichón lo vio, lisa y llanamente, “hecho pelota”.

El plazo establecido en el único comunicado auténtico de FAL se había vencido, pero la realidad es que, dos días después del secuestro, la vida del cónsul ya no corría ningún peligro. Y no sólo porque un nuevo comunicado apócrifo, en el que muy pocos creyeron, extendió el plazo hasta el viernes 27 a las ocho de la mañana. Tal como explica Malter cuatro décadas más tarde, la idea de ultimar a Waldemar Sánchez no había figurado jamás en los planes porque se esperaba que el gobierno accediera a las exigencias, tal como había sucedido en otros casos. El problema era que este rehén, en particular, resultaba insignificante. “Como nosotros reclamábamos que aparecieran con vida los dos, la muerte de Baldú debería haber bastado y sobrado para ajusticiarlo —cuenta Pichón—. Pero igual se optó por liberarlo y devolverlo, porque todos teníamos la certeza de que, si lo matábamos, iba a morir un inocente. En cierto modo, hubiese sido una venganza justa porque ellos habían matado a Baldú, pero injusta porque este personaje no tenía ninguna responsabilidad en el hecho: una represalia indiscriminada.”

Estas consideraciones pueden leerse entre líneas en el segundo comunicado de FAL, que se dio a conocer a las cinco de la tarde del 26 de marzo, Jueves Santo, y que también apareció en el retrete de un bar céntrico, con la diferencia de que esta vez se le avisó a La Prensa. Hay que decir que, en medio de la guerra de nervios y la desesperación, FAL instaló inteligentemente una competencia explícita entre los principales diarios por ser el receptor de las novedades, como así también hizo patente su desprecio por otros. Sobre el vencimiento del plazo para ultimar al cónsul, que tenía en vilo al país, los secuestradores admitían una postergación difusa de la ejecución mediante el recurso elíptico de anunciar su inminencia: “Una vez dictada sentencia, ésta será ejecutada y se comunicará a la prensa las razones que llevaron a tomarla”. Sin embargo, la importancia testimonial de este texto está dada porque se denunciaba el hecho ominoso de una desaparición: “Tenemos la absoluta certeza de que el compañero Baldú fue detenido el jueves 19 de marzo, aproximadamente a las 23 horas. Pero la dictadura niega este hecho, y la explicación la encontramos en su imposibilidad para reconocer ante la opinión pública nacional e internacional que este compañero, o bien ha sido asesinado, o se encuentra tan ferozmente mutilado que no puede ser presentado ante la prensa”. El mensaje iba acompañado por una breve y desesperada carta manuscrita del cónsul, en la que lamentaba que tanto las autoridades paraguayas como las argentinas lo hubieran abandonado: “He leído con asombro que el gobierno argentino ha decidido sacrificarme en vida. Quizás esta sea mi última carta. Me queda claro que no se acordó el pedido porque seguramente la Policía debe haber ultimado al señor Baldú y, por otro lado, por no ser yo un diplomático de alguna gran potencia”, afirmaba, transfiriendo a todo su país la escasa relevancia que poseía su persona. Y concluía con una plegaria demasiado ambiciosa como para ser escuchada: “Mi último pedido es al presidente Stroessner, el nuncio apostólico, el Santo Padre, la ONU y todo el cuerpo diplomático para que intercedan con extrema urgencia por mi vida”.

Durante ese día feriado y casi muerto en Buenos Aires, sin ningún tipo de actividad oficial, mientras un despreocupado Stroessner pescaba truchas en el Nahuel Huapi y hacía saber que no deseaba ser molestado, la sensación generalizada era de que en cualquier momento se conocería la noticia de la aparición del cadáver de Waldemar Sánchez. Sobre todo, porque un nuevo llamado anónimo —y falso— aseguraba que su cuerpo ya había sido arrojado al Riachuelo. Ello motivó que un nutrido contingente de efectivos policiales y hombres rana de la Prefectura se dedicaran a buscarlo durante el jueves y el viernes en sus márgenes y bajo el agua, sin ningún resultado, pero con un despliegue cinematográfico que sirvió para llenar páginas y pantallas chicas ávidas de información. Entre tanto, una dotación de bomberos se dedicaba a cavar el terreno del galpón de Luján y sus alrededores con la débil esperanza, alentada por declaraciones del ministro Imaz, de encontrar allí enterrados los restos mortales de Baldú. Como para no quedarse de brazos cruzados, la Policía de la provincia de Buenos Aires se dedicó a realizar innumerables razzias y revisaciones de vehículos en Avellaneda, Lanús y Quilmes. Pero tampoco obtuvieron un resultado positivo.

Mientras tanto, Aguirre y Bjellis se dieron tiempo para redactar un tercer comunicado, que difundieron el viernes a las ocho de la noche. Su texto tenía el doble propósito de explicarle a la opinión pública que FAL privilegiaba en su accionar el respeto por la vida humana y, al mismo tiempo, dar a conocer la considerable cantidad de golpes exitosos (e incruentos) que ya habían realizado hasta el momento. En rigor, se lo puede considerar como la verdadera presentación en sociedad de la organización, ya que allí se planteaban por primera vez sus objetivos políticos y su programa de acción: “El Comando Nacional del FAL, constituido en Tribunal Revolucionario, cree conveniente adelantar a su pueblo los considerandos de la sentencia a dictar en relación con nuestro rehén Waldemar Sánchez. Nuestra intención al capturar al cónsul paraguayo fue, como se puede leer en nuestros comunicados, solamente lograr que se presentaran a la prensa a los compañeros Della Nave y Baldú, como un intento de parar la tortura y el asesinato. Llegamos tarde, es evidente que a esta altura de los acontecimientos la dictadura asesina eliminó al compañero Baldú en la cámara de torturas, porque no pudo arrancarle dato alguno y porque se enfrentó con su extraordinario porte revolucionario. De allí la desesperación de la dictadura por tratar de que no se viera, descaradamente y sin tapujos, su cara asesina. Para ello empezó a trenzar una burda maniobra para engañar al pueblo afirmando que nosotros, sus propios compañeros, le habíamos dado muerte. Nuestro objetivo está puesto en el hombre, en la liberación del hombre, aunque en este duro camino queden vidas de hombres, pero siempre hemos tratado por todos los medios, aún a costa de nuestra seguridad, de evitar producir bajas innecesarias. Nunca hemos tenido que ultimar a hombre alguno. En la acción del Regimiento 7 de Infantería, optamos por evacuar prematuramente el terreno antes que abatir a un soldado conscripto que se dirigía a dar la alarma. En la acción de la toma de una comisaría en Tucumán, preferimos desarmar a golpes a varios policías antes que ultimarlos en el acto. En la acción durante la cual se copó un vivac en Campo de Mayo, permanecimos cincuenta minutos y nos retiramos sin provocar ningún daño físico a ninguno de los setenta soldados y suboficiales de la unidad.

”Pero ahora ha sido ultimado, no en el combate, no en la acción, sino fríamente, premeditadamente, uno de nuestros compañeros más queridos. Esto cambia nuestra posición y nos obliga a adecuarla a esta realidad. Combatimos en nombre de la vida, de la dignidad humana, del hombre. Combatimos en nombre de la libertad y de la justicia. Para ello debimos enfrentar a una dictadura, a un régimen que, en nombre de la explotación, apaña a asesinos y condecora a ladrones. Quede claro ante nuestro pueblo que el terror, el crimen y la tortura no son responsabilidad de unos pocos matones, sino de todo un régimen que necesita de terroristas, de criminales y de torturadores para perpetrar su opresión. Estamos totalmente convencidos de que el enfrentamiento no es entre el gobierno y el Frente Argentino de Liberación Nacional (sic), que la represión no sólo es descargada sobre miembros del FAL, como lo atestiguan las masacres del gobierno hacia el pueblo cordobés para enfrentar la rebelión obrero-estudiantil. Los asesinatos de Bello, Cabral, (Santiago) Pampillón, Hilda Guerrero de Molina, Felipe Vallese, Emilio Jáuregui tampoco deben quedar impunes. Pero en realidad sólo se hará justicia cuando, definitivamente, el pueblo en armas, constituido en ejército revolucionario desde el campo y la ciudad, destruya golpe a golpe el aparato que sostiene el poder de la oligarquía y el imperialismo y comience a transitar por el camino de la liberación nacional y social. Que este día no está lejos nos lo dicen las luchas crecientes que desarrollan también los hermanos pueblos latinoamericanos y sus vanguardias. Nos lo dice también la dictadura que, atemorizada, amenaza al pueblo con reprimirlo en un desesperado intento de impedir el triunfo de los ideales revolucionarios. Comprendemos su desesperación; ellos saben que van a contramano de la historia. Frente Argentino de Liberación Nacional (FAL), 27 de marzo de 1970.”

La parte final de este mensaje, por su tono y su contenido, anticipa no sólo los documentos futuros del propio FAL, sino también los de muchas otras organizaciones que se dieron a conocer poco más tarde. Era el nuevo lenguaje explosivo de la lucha armada en los años 70, que utilizaba la palabra como un arma más de combate: el ascetismo y la existencia secreta de la Organización original habían quedado definitivamente atrás. Durante todo ese día viernes, el tercero desde el secuestro, Raúl Della Nave mantuvo reuniones febriles con varios abogados de la Liga, como Cabiche, Jesús Porto y Antonio Sofía, con el fin de desmontar la farsa de la madrugada en el Departamento de Policía. Poco antes de las diez de la noche, en el estudio Cabiche, y ante una nutrida presencia de periodistas de medios gráficos, radio y televisión, el padre de Carlitos se rectificó públicamente del acta y de las declaraciones que había formulado dos días antes y aclaró que tanto la negativa respecto de que su hijo fuera canjeado por el cónsul como la desmentida sobre las torturas habían sido inducidas por el Juez. También contó que Luque le había permitido conversar unos minutos con Carlitos, a pesar de que estaba incomunicado, y que así se había enterado de todos los tormentos que padeció. Ahora podía asegurar que la luxación de su hombro y las lastimaduras en los tobillos se debían a las contracciones que le produjeron las descargas eléctricas.

Estas explicaciones estaban en una carta dirigida a la LADH, que dio a conocer ante la prensa: “Por el contacto físico que tuve con mi hijo, y por lo que éste me dijo y pude comprobar, el mismo ha sido bárbaramente torturado con la picana en diferentes lugares del cuerpo, por cinco días consecutivos”, decía. Más adelante explicaba los motivos de haber negado este hecho: “Las declaraciones que he efectuado me fueron sugeridas por el Juez, quien me manifestó que eran lo mejor para él, y que así estaría protegido”. Es decir que, si denunciaba torturas, le iban a seguir dando: un chantaje liso y llano. Sin embargo, esta retractación motivó al día siguiente un chiste gráfico muy poco feliz del humorista Carlos Basurto, en Clarín, en el que se mostraba un diálogo entre dos parroquianos de un bar. Uno de ellos decía: “No entiendo, este Della Nave un día dice una cosa, otro día dice otra, parece que se olvida de lo que dijo”; y el otro contestaba: “Debe ser ‘Della Nave del olvido’”.

Además, el documento leído por los abogados brindaba por primera vez un indicio, si bien un tanto vago, sobre la suerte de Alejandro Baldú: “Al preguntarle por el señor Baldú, mi hijo me hizo una seña expresiva de que habría sido muerto, pasándose una de sus manos, en posición horizontal, por su garganta, dando a entender que lo habían asesinado”. A su turno, los abogados anunciaron que asumían la defensa de Carlitos y que se disponían a presentar un habeas corpus para poder hablar con él; que pensaban denunciar los apremios ilegales a que había sido sometido, y también el posible asesinato de Baldú. Cabiche explicó que, si bien entendía que Della Nave pertenecía a “una célula extremista que había cometido actos terroristas”, era necesario “resguardar los derechos humanos y la defensa en juicio”. Un argumento que se anticipaba a muchas polémicas futuras aunque, en rigor, la organización recién bautizada FAL se había limitado hasta entonces a realizar “recuperaciones” de armas y dinero, sin derramar ni una gota de sangre ni producir daños materiales. De modo que todas las cartas ya estaban sobre la mesa: el gobierno argentino no parecía dispuesto a ceder (más bien lo contrario): el gobierno paraguayo seguía desentendido, y el FAL ya no podía otorgar más plazos, tenía que actuar. Efectivamente, en las primeras horas de la madrugada del 28 de marzo, sábado de Gloria, después de tres días y medio de cautiverio, el cónsul Waldemar Sánchez fue puesto en libertad por sus captores, que ya no podían aspirar a conseguir nada más manteniéndolo secuestrado, en una negociación definitivamente empantanada. De modo que optaron por devolverlo sano y salvo. Lo condujeron con los ojos vendados hasta la estación Florida del Ferrocarril Mitre con dinero suficiente como para que tomara el tren hasta la terminal de Retiro y desde allí un taxi hasta el hotel León, donde todavía estaban alojadas su mujer y su hija. “Estábamos convencidos de que la misma Policía podía asesinarlo para inculparnos a nosotros, por eso le advertimos que llegara hasta el hotel en la forma más disimulada posible, sin llamar la atención y evitando a los periodistas que estaban siempre de guardia”, cuenta Malter Terrada.

El cónsul siguió las instrucciones al pie de la letra, llegó al hotel sin ser reconocido en un colectivo de la desaparecida línea 250, se reencontró con su familia y recién a las ocho de la mañana se dirigió a la Embajada paraguaya. Allí, una hora más tarde, ofreció una conferencia de prensa en la que aseguró repetidamente que no había sufrido malos tratos durante su cautiverio: “Es más, el tratamiento fue considerado”, agregó. Los presidentes Stroessner y Onganía fueron avisados de inmediato a Villa La Angostura y Olivos, respectivamente, aunque no se dignaron a llamarlo por teléfono. Pocas horas más tarde se dio a conocer el cuarto, último y más breve de los comunicados del FAL, que decía lo siguiente: “El Comando Nacional del FAL, constituido en Tribunal Revolucionario, resuelve: 1) Dejar en libertad al cónsul paraguayo Waldemar Sánchez, quien fuera condenado a muerte por los verdugos Onganía y Stroessner. 2) Ejecutar en represalia a un número indeterminado de agentes represivos, culpables de los delitos de vejámenes, crímenes y torturas a nuestro pueblo”.

Pero a esa jornada todavía le faltaba una vuelta de tuerca, y la volvió a dar el juez Luque, al convocar nuevamente a una conferencia de prensa a las ocho y media de la noche, esta vez en las dependencias de Coordinación Federal, después de haber pasado casi toda la tarde tomándole declaración a Carlos Della Nave. Lo esperaba una multitud de periodistas ansiosos por conocer más detalles sobre los hechos de ese día, pero el Juez ni siquiera se asomó. Quienes concurrieron a hablar con la prensa fueron los abogados peronistas Isidoro Ventura Mayoral, Rodolfo Tecera del Franco y Edgar Sá, quienes se presentaron como miembros de la Comisión de Familias de Detenidos Políticos (COFADE), una entidad surgida en los años 50 para asistir a los presos de la resistencia peronista. Sorpresivamente, los tres anunciaron que a partir de ese momento se hacían cargo de la defensa de Carlitos, y que, de hecho, ya habían tenido el privilegio de ser los primeros en poder hablar con él porque Luque acababa de levantarle la incomunicación. Demasiada suerte, sin duda. El que llevó la voz cantante fue Ventura Mayoral, nada menos que el abogado de Juan Perón para sus numerosas causas judiciales abiertas en la Argentina. “Carlos Della Nave nos ha manifestado que no fue coaccionado ni apremiado por la Policía ni por el Juez para que firmara el documento en el que se niega a ser canjeado por el cónsul paraguayo, sino que se negó a ello por su propia voluntad, e incluso aclaró que el doctor Luque le ha dispensado un trato especial”, fue lo primero que dijo. Como la frase sonaba ambigua, ya que no precisaba si este supuesto buen trato recibido se refería sólo al acta del jueves 26 o a todo el tiempo transcurrido desde su detención, los periodistas se lo preguntaron específicamente, y recibieron la siguiente respuesta: “Me refiero lógicamente al documento que ustedes observaron el jueves a la madrugada. Della Nave confía en la justicia argentina, y el juez Luque le ha garantizado la defensa de sus derechos”.

Ventura Mayoral admitió que su ahora defendido había sido torturado, “pero no en este edificio”, aclaró en alusión al Departamento Central de Policía, aunque no pudo precisar dónde. Y agregó que la confesión sobre su supuesta participación en los hechos de Campo de Mayo había sido arrancada bajo tortura, aunque que no le constaba que los torturadores hubieran sido policías: “¿Por qué sería personal policial? Bien pueden ser ajenos a la fuerza”, argumentó casi al borde del ridículo. En rigor, el abogado de Perón ya empezaba a exhibir lo que iba a constituir su línea de defensa: que Carlitos era ajeno a las actividades del FAL, y que su único vínculo con la organización era el haber sido contratado por Baldú para trabajos puntuales de chapa y pintura. A la pregunta de por qué ellos habían desplazado a los abogados que habían brindado la conferencia de prensa la noche anterior junto al padre de Della Nave, contestó que sus servicios profesionales habían sido “solicitados por una voz de mujer a través de una llamada telefónica”, y que Carlitos los había aceptado como defensores.

La verdad es que los letrados de la Liga habían sido desplazados sin mayores explicaciones, y la complicidad evidente de los nuevos abogados con el juez Luque alentaba las peores sospechas. Malter Terrada sostiene hasta el día de hoy que el magistrado los convocó especialmente para “limpiar la imagen del gobierno” y asegurarse de que la defensa evitara cuestionar en sus escritos la versión oficial sobre la desaparición de Baldú (de hecho, así sucedió). Más flexible, Cibelli opina que Ventura Mayoral negoció desmentir que Carlitos hubiese sido torturado al menos cuando ya se encontraba bajo la responsabilidad del Juez, a cambio de frenar los tormentos o de obtener una condena leve; y que los Della Nave optaron por confiar en profesionales con un discurso menos politizado pero lo suficientemente hábiles como para garantizar una buena defensa: en definitiva, confiaron en los que se suelen llamar “saca presos”. Es probable que la realidad sea una combinación de ambas versiones. Y, por si faltaba algún detalle para generar sospechas sobre los nuevos defensores, esa noche los periodistas tampoco pudieron hablar con Carlitos, a pesar de haberse levantado su incomunicación, porque ya se lo habían llevado del edificio.

El cónsul de Graham Greene

La novela de suspenso había concluido, y entre la infinidad de reflexiones que aparecieron en la prensa, dos de ellas resultaban especialmente significativas. Una pertenece a la revista Análisis, que, en una nota sin firma dictaminaba una suerte de empate técnico entre la dictadura de Onganía y los secuestradores: “El FAL consiguió algunos puntos victoriosos: una espectacular movilización policial había resultado infructuosa [para detenerlos o rescatar al cónsul], la organización guerrillera había ganado notoriedad internacional, y la aureola de humanitarismo les pertenecía”. Sin embargo, también evaluaba que el gobierno argentino había “mantenido la imagen de autoridad al no aceptar el chantaje político”. En cambio, un muy duro editorial de La Nación consideró que toda la ganancia era para los militares: “Debemos felicitarnos de que en la Argentina se haya sentado el precedente según el cual un gobierno no debe tratar en pie de igualdad con los componentes de la mafia política que practica un ejercicio intelectualizado del delito”. Más adelante, acusaba a los secuestradores de “invocar el vale todo en su tarea de destrucción, algo así como si un asesino, al ver que su víctima se resiste a la agresión, pretendiera evitar el contraataque invocando el mandamiento bíblico de amar al prójimo”. También aquí se anticipaban, desde una trinchera bien definida, los debates políticos y jurídicos de un futuro muy próximo. Dentro del FAL, salvo —nada menos— por la pérdida humana que significaba la desaparición de Baldú, el balance sobre lo actuado fue positivo: “Generamos un hecho mediático totalmente desconocido que nos fascinó. Nos pareció que había tenido una fuerza mucho mayor que ninguna otra acción, y que ése era el atajo correcto para seguir la lucha, una forma de operar sobre la realidad más rápida y efectiva que cualquier trabajo político de masas, que siempre es mucho más lento”, explicaba uno de los militantes que estuvo todos esos días en el búnker de Palermo, con plena conciencia de que en su propia argumentación se vislumbraba la trampa mortal en la que cayeron más tarde casi todas las organizaciones armadas de la época. Pero era cierto que el secuestro y el tira y afloja con el gobierno habían acaparado la atención pública y las tapas de los diarios durante casi una semana entera.

Sin embargo, sus repercusiones duraron paradójicamente muy poco tiempo, casi un suspiro, ya que, cuando apenas habían transcurrido dos meses y un día de la liberación del cónsul, el 29 de mayo de 1970, sobrevino el secuestro y posterior ejecución de Pedro Eugenio Aramburu, una personalidad infinitamente más importante que el nulo Waldemar Sánchez y por quien sus secuestradores jamás tuvieron la menor intención de pedir nada a cambio de su libertad: estaba condenado de antemano por el derrocamiento de Perón, el robo del féretro con el cadáver de Evita y, en general, la proscripción y represión al movimiento peronista. Con esta espectacular presentación en sociedad, Montoneros sumió a todo el país en un estado general de conmoción que anticipaba los tiempos violentos que se venían, y el hecho eclipsó rápidamente la incruenta novela del diplomático guaraní. Nadie volvió a acordarse en las siguientes cuatro décadas de su secuestro, ni tampoco —hay que decirlo— de Baldú y Della Nave. Pero hubo alguien a quien esta historia impactó profundamente. Entre marzo y abril de 1970, el novelista británico Graham Greene pasó dos semanas en la Argentina, invitado por su amiga, la editora y mecenas Victoria Ocampo. Era su segunda visita al país y coincidió con el secuestro del cónsul paraguayo. En realidad, el motivo principal de su viaje era conocer la provincia de Corrientes, donde existía una importante actividad del Movimiento de Curas para el Tercer Mundo, en conflicto permanente con el arzobispado local y con el devoto gobernador, brigadier Hugo Garay Sánchez. Greene era católico y simpatizaba abiertamente con los curas tercermundistas, por lo cual aprovechó su periplo correntino para interiorizarse de sus actividades. Esa estadía inspiró su siguiente novela, El cónsul honorario, ambientada en una ciudad ficticia del noreste argentino, en la que combinó largas reflexiones sobre la religiosidad militante de los curas obreros con una versión algo modificada del episodio del secuestro.

La novela toma de la historia real el hecho de que una fuerza insurgente —que en la ficción no es argentina sino paraguaya— secuestra y mantiene como rehén a un diplomático de poca monta para exigir a cambio la liberación de una decena de presos políticos del régimen de Stroessner. Pero, a diferencia del FAL, lo hacen por error, ya que en realidad su intención era raptar al Embajador de los Estados Unidos en la Argentina durante su visita a las ruinas jesuíticas; el problema es que en la oscuridad de la noche se equivocan de vehículo y se llevan a un cónsul honorario de Gran Bretaña, Charley Fortnum. El bajo rango de la víctima está enfatizado por el hecho de que no es un diplomático de carrera sino honorario, es decir que, si bien cumple con la misma función de asistir a los ciudadanos británicos en la tramitación de documentos y otras cuestiones, lo hace sufragando él mismo los gastos de la oficina consular. Una diferencia que sus secuestradores no parecen comprender del todo. Sin embargo, Fortnum hace uso de algunos privilegios que no corresponden a su condición, como importar cada dos años un Cadillac para luego venderlo en Buenos Aires, la operación que se disponía a hacer en el momento del secuestro. En la novela, también el dictador Stroessner se encuentra disfrutando de unas vacaciones en los lagos del sur argentino, ajeno a la suerte del rehén, y prohíbe expresamente que lo interrumpan por ese tema. “Sólo vine a pescar”, le hace decir el novelista, sin inventar prácticamente nada.

Pero la gran diferencia con el hecho real es que en la ficción de Greene existe un mediador entre el mundo de los guerrilleros y las autoridades: es el joven médico Eduardo Plarr, de ascendencia británica, que frecuenta los círculos del poder local y conoce perfectamente al cónsul. Pero también conoce a algunos de los guerrilleros, por haber nacido y vivido hasta su adolescencia en el Paraguay, de modo que éstos lo convocan para que asista al prisionero durante su cautiverio. Por añadidura, Plarr es el amante de la esposa del cónsul, una jovencita a quien ambos conocieron cuando trabajaba en el prostíbulo más “decente” de la ciudad, y no sólo eso, sino que, además, ella espera un hijo cuyo padre en realidad es él. De modo que este médico anglo-argentino-paraguayo resulta ser el personaje central y aparece vinculado con todos los actores de la trama. En este sentido, puede decirse que Greene presenta en la novela una situación clásica para el género de aventuras, y que podría definirse como las peripecias que suelen padecer los personajes blancos y europeos al aventurarse por países lejanos, exóticos y salvajes.

Sin embargo, este eurocentrismo y cierta fidelidad a los códigos del género no le impiden a Greene compenetrarse con bastante profundidad en el asunto que le interesa, más allá de la excusa argumental, que es la relación entre el compromiso social de la Iglesia tercermundista, cuya causa apoya explícitamente, y la opción por la lucha armada, que no parece convencerlo en igual medida. En la ficción, el líder del comando guerrillero que lleva a cabo el secuestro es un joven ex cura asunceño proveniente de una familia aristocrática, el padre León Rivas, que habla como sin duda Greene escuchó hablar a curas reales durante su estadía en Corrientes: “Los Evangelios son absurdos, al menos aquí. Dicen ‘vende todo lo que tienes y dalo a los pobres’. Tenía que leerles eso a los pobres mientras el viejo arzobispo que teníamos entonces comía un fino pescado del Iguazú y tomaba vino francés con el general. Las palabras se me atragantaban: ‘Dejad que los niños vengan hacia mí…’ Y allí estaban los niños, sentados en las primeras filas, con los vientres enormes y los ombligos como manijas de puertas’”.

En la novela se aborda también, con mucho realismo, el problema central al que se habían visto enfrentados los secuestradores de Waldemar Sánchez, es decir, tener cautivo a un rehén tan poco valioso a quien nadie le preocupaba salvar. Con el agregado de que, como la acción sucede en el noreste argentino, ni siquiera les interesa demasiado a los diarios de Buenos Aires, y ni por asomo merece que los presidentes argentino y paraguayo lo discutan. Lo que sí se mantiene en ambos casos, el real y el novelado, es que este episodio es el que, paradójicamente, enfrenta a los guerrilleros con la eventualidad de tener que cumplir su amenaza. Lo cual queda muy bien explicado en una frase del médico Plarr: “Si fuera el embajador yanqui, su vida no correría peligro”. Es decir que el error cometido es el que introduce el dilema ético que supone matar a una persona —aunque la intención original fuera no hacerlo— en función de un objetivo político considerado superior.

En este punto, Greene lleva el razonamiento hasta las últimas consecuencias y, aludiendo al caso real de Waldemar Sánchez —aunque sin mencionarlo por su nombre—, pone en boca del padre Rivas la siguiente reflexión: “No podemos permitirnos un fracaso. Una vez los nuestros liberaron a un hombre en lugar de matarlo. Era un cónsul paraguayo, y al general [Stroessner] le importó tan poco como ahora. Si volvemos a mostrarnos débiles, ya no habrá amenaza de muerte que valga en este continente, hasta que hombres con más coraje que nosotros empiecen a matar a muchos más”. .

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El secuestro del cónsul paraguayo que inspiró la novela de Graham Greene

Ocurrió hace 40 años exactos en Buenos Aires y fue para presionar al gobierno de Onganía.

Un hecho olvidado, a pesar de que ocupó la tapa de todos los diarios durante una semana de 1970. Tan olvidado como sus protagonistas, aunque fueron los primeros en avisar que la década que empezaba iba a estar signada por la violencia política. Y que hasta inspiró una novela: El cónsul honorario, de Graham Greene, de las pioneras en abordar el fenómeno de la guerrilla en Argentina.

En la semana santa de 1970, hace 40 años exactos, el cónsul paraguayo Waldemar Sánchez fue secuestrado en Buenos Aires por un grupo insurgente que todavía ni tenía nombre, pero que a partir de ese día, obligado a emitir y firmar comunicados, se llamó FAL: Frente Argentino de Liberación, aunque más tarde mutó a Fuerzas Argentinas, manteniendo la sigla.

El diplomático, de 56 años, cumplía funciones en la ciudad correntina de Ituzaingó y había bajado a Capital para vender su Mercedes Benz con chapa diplomática. Dos guerrilleros, que ya tenían el dato, se presentaron en su hotel como posibles compradores; convencieron al cónsul para que los acompañara a probarlo por los bosques de Palermo, donde lo redujeron, y se lo llevaron a una casa en Carapachay.

Pero el motivo del secuestro no era económico: ni siquiera se quedaron con el Mercedes. Lo que buscaban en realidad era exigir que el gobierno de Onganía reconociera que tenía detenidos y bajo tortura a dos militantes de esa organización que todavía no se llamaba FAL: Carlos Domingo Della Nave, que fue legalizado y puesto a disposición de la justicia ese mismo día, y Alejandro Rodolfo Baldú, que jamás apareció ni se le dio entrada en ninguna dependencia policial. Según pudieron averiguar algunos abogados, su corazón no resistió la picana, y probablemente su cadáver fue incinerado. De esta forma, Alejandro Baldú fue el primer detenido desaparecido por razones políticas en ese periodo que suele llamarse con dudosa precisión los años 70, con el único antecedente del obrero metalúrgico Felipe Vallese en agosto de 1962.

Justo en esa semana de Pascua, dos turistas extranjeros, de caracteres diametralmente opuestos, visitaban la Argentina: el ya célebre escritor británico, invitado por su amiga Victoria Ocampo, y el dictador guaraní Alfredo Stroessner, que pasó unas minivacaciones en Villa La Angostura.

El primero se interesó por el secuestro del cónsul paraguayo, y aún con las limitaciones del caso, utilizó el episodio como excusa para inmiscuirse en la dura realidad del Tercer Mundo y sus patéticos generales autócratas. El segundo, en cambio, prohibió expresamente que se interrumpiera su descanso por semejante nimiedad.

En rigor, la indiferencia de Stroessner era casi obvia, y, de hecho, la intención de FAL era secuestrar a algún pez gordo, pero les resultó imposible intentarlo con el embajador de Alemania Federal y el cónsul del Reino Unido en La Plata. Y ante la necesidad apremiante de frenar el suplicio de sus compañeros, tuvieron que conformarse con esa presa menor que fue abandonada a su suerte sin mayor disimulo por las autoridades argentinas y paraguayas.

Esta circunstancia real, que superaba a toda ficción, fue explotada casi jocosamente por Greene. En su novela -publicada en 1973 y convertida en película de Hollywood una década más tarde-, los guerrilleros no son argentinos sino paraguayos, e intentan secuestrar al embajador estadounidense en nuestro país durante una visita a las misiones jesuíticas, mientras Stroessner disfruta de la pesca de truchas en el Nahuel Huapi.

Pero cometen el error de llevarse al hombre equivocado: Charley Fortnum (Michael Caine en el filme), cónsul honorario inglés en una ciudad perdida del noreste, un anciano adicto al whisky que el propio servicio exterior británico ansiaba sacarse de encima, y cuya suerte, o muerte, tampoco parece importarle a casi nadie, empezando por el dictador guaraní. "No es asunto mío, he venido a pescar", le hace decir el escritor sin inventar prácticamente nada.

En la vida real, el cónsul fue devuelto sano y salvo la mañana del sábado de Gloria del 28 de marzo, después de una semana de negociaciones, nervios, pruebas de vida y decenas de comunicados auténticos y truchos. Sus captores de FAL habían perdido toda esperanza de que Baldú estuviera vivo y Della Nave fue exhibido -fugazmente- ante los periodistas, así ya no tenía sentido mantenerlo como rehén.

Dos meses más tarde, el secuestro y posterior ejecución del general Pedro Eugenio Aramburu, por los Montoneros, significó el verdadero anuncio de los tiempos que se venían. Y eclipsó para siempre la historia del cónsul, que murió diez años más tarde completamente olvidado.
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FAL, pioneros de la guerrilla "urbana"
Las muy poco conocidas Fuerzas Argentinas de Liberación fueron fundadas a fines de los 50 por un grupo de ex militantes del MIR Praxis, que lideraba el abogado marxista Silvio Frondizi.

Su primera acción de envergadura, cuando ni siquiera tenían nombre, fue el robo de las armas del Instituto Geográfico Militar, la noche del 16 de junio de 1962. Se trató del primer hecho de guerrilla "urbana" de la historia argentina, pero ni ellos ni el Ejército se interesaron jamás por darlo a conocer.

Experimentaron un gran crecimiento a partir de 1969, con la incorporación de varios grupos provenientes sobre todo del Partido Comunista Revolucionario. En 1971 se fracturaron en varias columnas, FAL Che, FAL 22 de Agosto, FAL América en Armas, Brigada Masetti y otras, que siguieron operando por su cuenta. Sus dos principales jefes, Luis María Aguirre y Sergio Bjellis están desaparecidos.


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DOCUMENTO DE INCORPORACIÓN AL PRT DE LAS FAL COLUMNA INTI PEREDO/EL COMBATIENTE, Nº 173. Miércoles 2 de julio de 1975

La unidad de los revolucionarios es en todo momento una necesidad de la revolución y un importante factor para su desarrollo. En las actuales circunstancias, esta unidad adquiere aún mayor significación, dada la etapa que atraviesa la lucha de la liberación de nuestro pueblo. Comprenderlo acabadamente es un gran paso adelante en la tarea de servir sin limitaciones a la causa popular. Así lo entienden los compañeros de la FAL, Columna Inti Peredo y lo expresan en el documento que transcribinos. Esta breve nota introductoria tiene como objetivo hacerles llegar nuestro saludo revolucionario, a quienes han sabido interpretar el profundo sentimiento de unidad que brota de la lucha del proletariado y el pueblo.

La situación política y económica actual se caracteriza, en su rasgo principal por un creciente auge de la lucha de las masas y la actividad de los revolucionarios. Rigolleati, Martín Amato, Ingenio Ledesma, Villa Constitución, son los más tecíentes conflictos y luchas hasta hoy libradas por nuestra clase obrera. Luchas que se inscriben en la acumulación política y material de fuerzas de los revolucionarios en el seno de cada fábrica y taller. Sobre todo en el caso de Villa Constitución, el gobierno, la burguesía monopolista y sus FEAA. han obtenido un duro revés, sufriendo las consecuencias de ver transformado su plan contrarrevolucionario -el supuesto 'complot"- en un verdadero naufragio político y económico.

La vuelta organizada al trabajo por parte de los trabajadores de Villa Constitución marcará tina nueva etapa en la lucha larga y organizada, que desdeabajo, va dando nuestra clase obrera para enfrentar la voracidad patronal y explotadora, defendiendo sus derechos y repudiando a la burocracia sindical instrumento de la burguesía. Paralelamente la lucha de los revolucionarios -en sus distintas facetas y expresiones- va enfrentando en primera fila a la política del gobierno. Las acciones armadas de los revolucionarios, entre las que se destaca recientemente el Combate de San Lorenzo, la ejemplar lucha de los presos políticos por sus derechos, la reciente fuga de las compañeras de la Cárcel del Buen Pastor, son luchas que conforman otro aspecto importantísimo de la lucha de clases, las que desarrolla la vanguardia, íntimamente ligadas a las luchas reivindicativas, antipatronales y a anti burocráticas de nuestra clase obrera. Finalmente, la importante actividad de la Compañía de Monte Ramón Rosa Jiménez deteriora sensiblemente al enemigo, sobre todo las filas del principal partido político de la burguesía monopolista, las FF.AA. contrarrevolucionarias, demostrando ante todo nuestro pueblo cómo con organización, conciencia y justa línea, decisión de lucha y estrecha ligazón al pueblo es Posible hostigar a las FEAA. e ir señalando ejemplarmente el camino de la Guerra Revolucionaria por el Socialismo El conjunto de hechos que mencionamos, se inscribe en una covuntura económica y política de profunda crisis burguesa. Vivimos los comienzos de una transformación de la correlación de fuerzas a nivel mundial, el imperialismo retrocede en Vietnam, Laos y Camboya y a partir de esas derrotas deberá replantearse su estrategia de conjunto. Se le presenta la necesidad de readecuar su Política para América Latina, cumpliendo junto a las burguesías dependientes y sus FEAA_ el papel de gendarmes represores del pueblo.

En un momento que duplica la responsabilidad de los revolucionarios para gestar con solidez y cohesión una única propuesta de poder capaz de enfrentar a la burguesía monopolista y sus FFAA. encabezar a las amplias masas dandó nuevos pasos cualitativos en el fortalecimiento de los instrumentos revolucionarios para la toma del poder. Un esfuerzo firme para presentar un único bloque, revolucionario Y socialista, que al mismo tiempo que encabece la unidad de los más amplios sectores democráticos, populares Y antiimperialistas, enfrente ideológicamente a las propuestas populistas y reformistas que tanto daño han causado a la lucha revolucionaria latinoamericana.

Los recientes aumentos se inscriben en la ya precipitada crisis del sistema capitalista argentino, enfrentando a la burguesía a una carrera donde la existencia de un conflicto o lucha salarial es duramente reprimida. Al gobierno ya no le preocupa qué plan aplicar, sino cómo disfrazarlo mejor, cómo intentar engañar al pueblo para poder seguir apoyando sobre sus espaldas la crisis de nuestra economía.

La superexplotación del proletariado es el recurso fundamental de que se vale la burguesía en una etapa de crisis. Pero a tina clase obrera sindicalmente organizada, con tradición de recientes luchas y noción de su propia fuerza, que día a día da sus mejores hijos para fortalecer las organizaciones de vanguardia sólo es posible intentar controlarla a través de una dura y sistemática represión

Mientras las FEAA. y los órganos represivos concentran sus esfuerzos en e intento de destruir a las fuerzas revolucionarias que encabezan la lucha, se trata de impedir la organización sindical y de base, antiburocrática y clasista. Tratando de eliminar a todo dirigente honesto y combativo. Por ello persiguen a Tosco; encarcelan a la dirección de la UOM de Villa Constitución, detienen a Ongaro y asesinan a uno de sus hijos.

Existe en síntesis, entre la represión permanente y violenta y la situación económica. Situación que tiende a convertir en subversiva toda lucha económica del proletariado, y conforma hoy un momento excepcional para la acción de los revolucionarios, un momento que es importante reconocer corno de doble responsabilidad para todas las fuerzas revolucionarias.

Es esa responsabilidad que mencionamos, la que debe llevarnos a la reflexión a todos los revolucionarios marxistas-leninistas.

Se ha dado en nuestra patria una rica experiencia de lucha armada, tina larga historia donde los revolucionarios no pudimos, cabalmente, gestar una propuesta de poder eficiente, capaz, profundamente ligada a la clase obrera y el pueblo. como para derribar el poder burgués y lograr la verdadera liberación. Sin embargo, a lo largo de los últimos años se produjeron hechos cualitativamente superiores. que han medido en la dura vara de la lucha de clases, a aquellas concepciones que -con la propuesta de lucha armada y socialismo- intentaron construirse en nuestra patria. Numerosos compañeros dieron su sangre en ese camino. En históricas movilizaciones han dado su vida obreros, estudiantes e intelectuales como Hilda Guerrero de Molina y Santiago Pampillón, Emilio Jáuregui y Máximo Mena En esas acciones del pueblo fue enfrentada la dictadura y destruidos sus planes. Revolucionarios como Baldú, Cambareri y los Héroes de Trelew signaron aquellas luchas encabezando las más ricas experiencias de las vanguardías armadas. Finalniente, en los últimos dos años la lista de héroes y mártires de la lucha popular y revolucionaria se ha visto engrosada por la acción represiva del enemigo.

EL ACTUAL MOMENTO Y LA RESPONSABILIDAD DE LOS REVOLUCIONARIOS: La tendencia actual del proceso de lucha de clases lleva a la exigencia de unir fuerzas. El desarrollo de la lucha de las masas unifica objetivamente todos los sectores democráticos y populares, y en ese proceso las exigencias y bases materiales para la unificación de los revolucionarios marxistas-leninistas son doblemente evidentes. Las luchas proletarias y la actividad de los revolucionarios nos permiten comprobar hoy cómo se han concretado las distintas propuestas armadas y socialistas.

En este marco consideramos que el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) surge como el Partido marxista-leninista de combate que ha sabido, a través de una línea correcta, ligarse a las masas, nutrirse de ellas y comenzar a gestar los estratégicos instrumentos revolucionarios.

El Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) ha fortalecido las armas populares, logrando pasar a etapas superiores de combate como son las tomas de cuarteles y la existencia de la Compañía de Monte, hito histórico de la revolución socialista en Argentina.

Los revolucionarios debemos analizar rigurosamente las diferencias que han impedido hasta hoy nuestra incorporación a esta organización, encuadrando en ese análisis cuál es el rasgo principal de la línea del PRT de su conducción y su programa. En este proceso nuestra Columna ha sido conseCLiente con el proyecto de contribuir a la guerra revolucionaria por el socialismo, y bajo la luz de esa experiencia y estas reflexiones sobre la actividad de la vanguardia, reconoceMos que hoy se tornan secundarias aquellas diferencias que impidieron nuestra incorporación al PRT.

NUESTROS ACUERDOS CON EL PRT -Hoy nos unen al PRT acuerdos fundamentales:

1. Su caracterización del imperialismo desde el punto de vista leninista. Cuestión fundamental que lo ubica claramente diferenciado de las concepciones populistas y reformistas. Siendo un elemento decisivo en las defini del socialismo.

2. Su caracterización de Guerra Revolucionaria en el sentido planteado por el Comandante Che Guevara. Ubicación justa de la lucha revolucionaria a escala mundial, rescatando la concepción internacionalista marxista-leninista. Base fundamental para superar la concepción internacionalista reformista o propia del trotskismo. La materialización inicial de esta concepción a través del impulso de la Junta de Coordinación Revolucionaria.

3. Su consectiente posición ante las variantes populistas, sobre todo en ocasión de la coyuntura de 1973 asunción de Cámpora), en que prácticamente casi todas las organizaciones armadas tuvieron una posición incorrecta.

4. Su estratégica caracterización respecto de las FF.AA. como partido de la burguesía monopolista e instrumento estratégico fundamental del sistema imperialista.

5. Reconocemos en el ERP y a SU dirección el PRT, a quienes con mayor seriedad, paciencia y correcta concepción política, han logrado iniciar, mantener e ir desarrollando paulatinamente la actividad revolucionaria en el ámbito rural. Cuestión expresada en la Compañía de Monte. Actividad que se desarrolla expresando una aplicación creadora para nuestra realidad de lo mejor de la experiencia vietnamita. Tendiendo a superar los moldes foquistas en que se habían desarrollado experiencias anteriores que tam ocupan un lugar importante en la historia de nuestra revolución.

6. Reconocer su definición y real esfuerzo en la construcción de un Partido de Combate Marxista-Leninista y el Ejército del Pueblo. Entendiendo al primero como organización de profesionales y destacamento de avanzada del proletariado. Esfuerzo que nos lleva hoy a visualizar al PRT como el único Partido de combate marxista-leninista existente en Argentina.

La situación actual de la lucha de clases nos acerca al surgimiento de una situación revolucionaria, En ella la responsabilidad de los revolucionarios marxistas-leninistas será decisiva. La consolidación del Partido de Combate

el Ejército Guerrillero serán las condiciones para la victoria. La mayor inserción de la propuesta revolucionaria en las masas, la incorporación del torrente proletario a las filas del Partido revolucionario será la garantía del tránsito correcto. Hoy existe un solo partido de combate marxistaleninista y una sola dirección posible. Así lo entiende nuestra columna.

Existen aun compañeros que, como nosotros, vienen transitando un camino que, aunque revolucionario, es lateral de aquel donde se irán resolviendo los principales problemas de la revolución en la Argentina. Creemos que los problemas, las dificultades, los errores parciales son parte de la maduración de la vanguardia. Son parte de la necesaria incorporación de cuadros proletarios a las filas revolucionarias.

Su resolución y superación es parte de un proceso a construir con firmeza bajo la guía enriquecedora del marxismo-leninismo.

FAL-FUERZAS ARGENTINAS DE LIBERACION-COLUMNA INTIPEREDO